lunes, 21 de agosto de 2017

La Metrovía y el espacio personal

Hay gente a favor y en contra del servicio de transporte masivo de Guayaquil, llamado Metrovía. Yo mismo no estoy seguro de si me gusta o estoy resignado, igual no es mi primera opción. Sigo extrañando la desaparecida línea 40, la cual justamente fue retirada para dar paso a la Metrovía.

Una de las cosas que me incomoda es que en hora pico, es casi obligado a compartir un metro cuadrado con al menos 3 o 4 personas, quienes no necesariamente huelen bien. Llevo algo de ventaja en esta situación porque soy algo alto, pero he visto situaciones en que a las mujeres, normalmente más bajitas, les toca viajar cobijadas bajo axilas sudadas, las cuales en el mejor de los casos están cubiertas por una camisa, pero suelen emanar cierta fragancia que recuerda a un perro caliente con bastante cebolla. Esta olorosa situación es agravada porque los genios del transporte público de nuestra ciudad decidieron que la mayoría de los pasajeros debía viajar de pie, apiñados, lo cual provoca que el aire dentro de las unidades se vicie, y no pensaron en acondicionadores de aire, siendo Guayaquil una ciudad caracterizada por su calor húmedo. Poco a poco intentaron corregir la situación, pero no alcanzó.


Otro problema que provoca el que la mayoría de los pasajeros viaje de pie, es la falta de espacio personal. Los buses suelen pasar tan abarrotados de gente, que suelo dejar pasar 2 o 3 unidades hasta encontrar una en la que creo que por lo menos podré respirar. A veces escojo bien, en otras ocasiones me ha tocado viajar apretado porque el tiempo no siempre me sobra. El poco espacio suele ser aprovechados por ladrones que trabajan bajo la modalidad de bolsiqueo, y no faltan los morbosos, hombres que aprovechan el poco espacio para puntear, manosear e incluso masturbarse sobre las pasajeras. No es exageración, varios casos han salido en las noticias.

Lastimosamente, a veces los empujones de la gente abriéndose paso y el vaivén de los buses al frenar o girar pueden provocar que las caderas de los hombres que vamos de pie se bamboleen con peligrosa inercia hacia los cuerpos de las mujeres que van de pie, o incluso hacia los rostros de las mujeres que van sentadas, así que yo normalmente evito pararme cerca de una mujer para evitar una situación incómoda y una potencial acusación de acoso por el solo hecho de tratar de permanecer de pie. Cuando no puedo evitar quedar cerca de una mujer, me ha tocado aguantar todo el peso de la gente a mis espaldas para no tocarla. Esto provoca que el viaje en ocasiones sea mucho más extenuante de lo que debería ser.

Pero no todos los hombres son tan cuidadosos con los efectos de la inercia en sus caderas, y al parecer, hay mujeres a las que tampoco les importa mucho, lo experimenté en carne propia. Hace algo más de 2 meses me subí en el carro trasero de un bus articulado al que le faltaban aún algunas personas para llenarse, y me arriesgué. No había mucho espacio para avanzar, así que me quedé parado y apoyado de espaldas en una de las barras verticales que están a los lados de las puertas, no molestaba a nadie, ni me molestaban, se puede decir que viajaba tranquilo, con la cara viendo al fondo del bus. Pero la tranquilidad no duró mucho.

Unas cuantas paradas más adelante se sube una mujer menuda de larga cabellera, en cuya existencia no reparé hasta que se paró frente a mí, dándome la espalda, cogida de una de las agarraderas colgantes que están en las barras horizontales, las cuales no proveen ninguna estabilidad. Supuse que la mujer en cuestión me caería encima con el primer frenazo, pasaría un momento vergonzoso, y me ofrecería las respectivas disculpas. Es increíble cómo puede uno equivocarse tanto tratando de predecir el comportamiento humano.

Primera frenada, y como supuse, la mujer me cayó encima, o mejor dicho, me embistió con sus generosas nalgas y algo de su cabello me pasó saludando... pero ella se limitó a rebotar, y no dijo una palabra. Supuse que la situación le dio tanta vergüenza que prefirió no decir nada y agarrarse mejor en la siguiente parada, pero no. Fui embestido de manera uniforme, repetida y constante en todas las paradas que me faltaban hasta llegar a mi destino, tal vez unas 6 más, sin contar las frenadas ocasionales. Y la mujer en mención, no se inmutó.

Llegué a mi parada, me bajé, y nunca pude ver más allá de su larga cabellera y sentir sus nalgas con mi cadera. Entonces me puse a pensar, ¿y si hubiera sido al revés, si era yo quien caía sobre ella de esa manera en cada ocasión que la inercia lo provocase? En el peor de los casos hubiese sido acusado de acoso o asalto sexual. En el mejor de los casos, hubiésemos intercambiado teléfonos. ¿Podría yo sentirme acosado o asaltado? Si hubiese sido al revés, ella podría acusarme de puntearla. ¿De qué la podría acusar yo... de nalguearme, de culearme? A fin de cuentas, fue la parte del cuerpo que ella usó en este supuesto ultraje. La verdad, pensaba titular este artículo como "Me culearon en la Metrovía", pero hubiera sido muy amarillista. Y no me estoy quejando.

¿Y usted, cómo cree que debí reaccionar, si es que acaso debí reaccionar?